A mí las cosas malas no me suelen gustar. Siempre me acojonaron ciertas palabras como: hambre, enfermedad, sida, desnutrición. En general, todo lo que tenga que ver con pasar fatigas me desequilibra. Como soy española, eso que me ahorro. De vez en cuando tengo alguna conversación con alguien sobre el hambre en el mundo, muy de vez en cuando, claro, y siempre que ocurre se crea un clima tan incómodo, una angustia teórica tan asfixiante que acabamos comiéndonos un helado (verano) o un pastelito (invierno) para amortizar el amargor de una microtertulia sobre la falta de solidaridad en nuestros días que suele acabar con:
- Es increíble. Qué horror.
El problema, yo creo, es que África es tan grande que, cuando toca hablar de ella, no sabemos por dónde cojones empezar. A mí, no sé a ustedes, me faltan siempre datos. Sé que hay muuuuucho sida, que hay muuuuuuchos niños delgaditos, muuuuuuuchos refugiados. Sé que lo están pasando un pelín mal, pobrecicos. Ahora bien, si me piden datos, yo me piro.
En mi cabeza hay algunos, eso sí:
- África es grande. Uff. Enorme.
- África está llena de negritos delgados y allí no hay ninguna clínica de adelgazamiento.
- África es líder en términos cuantitativos de sidosos.
- África es bella yalberga muchos animales salvajes.
- Hay una película llamada "Memorias de África".
Yo me siento imbécil. Yo quiero saber. Perder el miedo. Me da menos miedo hablar de la muerte que hablar de África, no digo más.
Por eso me he abierto este blog.No aguanto más ninguna noticia sobre primeros, segundos o terceros mundos. Me da la sensación de que nos están tomando el pelo.
Por otro lado, una amiga mía me dijo una vez que la desigualdad existe porque el hombre no tiene conciencia de especie.
Quisiera saber de qué tenemos conciencia. Sin pasarlo mal, sin malos tragos. Sólo quiero información.
Y ahora me voy a comer un croissant de chocolate, para amortizar.
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